martes, setiembre 05, 2006
when i think of heaven...
Me desperté, era un día cualquiera. Vivía en Salamanca, número 174. Estábamos sólo yo, mi abuela y unos tíos que no conocía muy bien. Era un día fresco, un día típico de otoño, de los que tanto me gustan. Tenía unos 4 años, que es cuando más feliz he podido estar, y ella, ella tenía infinitos, ya no importaba la edad, pero después de tanto por fín volvimos a vernos en persona. Todo esto porque yo estuve en otro lado muchos años y no había podido estar con mi abuela. Decidimos caminar por ahí, tal vez a realizar nuestra infaltable caminata, para luego concluir en un par de juegos de solitario seguidos de la siesta de todas las tardes. Todo una rutina, que ni en 15 años nos la hubieramos podido olvidar. Las mañanas eran un poco tristes, siempre esperabamos a toda la familia, pero todavía teníamos que esperar. Siempre nos preguntamos como es que yo llegué tanto tiempo antes que el resto. En fín, la vida transcurrió en muchas tardes de rutina y mucha alegría, en las mañanas era sólo conversar, y los Domingos, aunque en mi casa todos los días era Domingo, hacíamos lo que se nos antojara. Poco a poco fui pintando mi casa. Construí todo un mundo nuevo. Cuando termine mi mamama me felicitó, dijo que era de los más bonitos que había visto e inmediatamente me llevó a conocer el suyo. Casí lloro de emoción al ver la casa donde mi padre tuvo su niñez, era todo una pintura perfecta. Tenía un aroma muy familiar, de esos que hasta ahora me dan escalofríos y ganas de sonreir. En fin, ahora que estoy acá solo extraño a mi familia, sé que tengo que esperar, no sé cómo ella lo ha hecho por tanto tiempo ya. Por mi parte, tengo un mundo de eterno otoño, de muchos aromas, muy simple en verdad, algunos libros, algunas canciones, las caminatas con mi mamama, y un calendario, esperando, solo esperándolos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)